sábado, octubre 21, 2006

El Gran Bazar de los Libros Proscritos

El Gran Bazar de los Libros Proscritos guillotinó de golpe mis pasos presurosos. El cartel que colgaba de la puerta lo decía bien claro “asegúrese de que nadie le vea entrar, estos libros pueden costarle la cabeza”. Semejante advertencia picó mi curiosidad, quién podría resistirse a no echar una ojeadita, aunque fuese una pequeña. Me aseguré de que nadie me vigilaba y furtivamente entré.

Un olor a rancio y antiguo mezclado con incienso golpeó duramente mis fosas nasales al abrir la puerta. El lugar era oscuro y pequeño, apenas mas grande que el camarote de un barco, iluminado débilmente por una lámpara de vivos colores que reposaba sobre una mesita de madera. Un viejo vestido con una chilaba azul y de aspecto árabe leía, cómodamente sentado lo más cerca posible de la luz, un viejo tomo carcomido por el tiempo. Alzó sus ojos hacia mí lentamente, como costándole apartarlos de la lectura o quizás acostumbrándolos poco a poco a mirar otra cosa que no fuesen los apretados renglones a los que había dedicado horas de contemplación. Se apartó de la cara las gafas y respiró profundamente, una sonrisa afable apareció en su rostro.

- Hola amigo ¿Qué tal?- Me saludó con voz amable.

Me quedé allí, quieto, sin responder, buscando las estanterías atestadas de libros que supuestamente debían existir en aquella habitación, pero únicamente enormes tapices con motivos florales cubrían las paredes.

- Er… hola ¿Esto es una biblioteca, no? - Pregunté al fin.
- Claro que lo es. Lo pone bien claro en la puerta. El Gran Bazar de los Libros Proscritos, eso dice, este es el lugar, así se llama. -
- ¿Seguro? – Sus palabras no me convencían, temía haber caído en la trampa para turistas de un maquiavélico vendedor de alfombras dispuesto a engatusarme con té de manzana y amabilidad.
- Yo no bandido – Me respondió sin abandonar la sonrisa.- Este lugar es lo que es. ¿Quiere comprobarlo? ¿Alguien le ha visto entrar?-
- Er… si, claro que si y no, no me ha visto entrar nadie. –

Me miró fijamente a los ojos, escudriñando en ellos la mentira, con el semblante serio como el de un juez. Al momento su afable sonrisa volvió y suspirando se levantó del sillón se dirigió a una de las paredes tapizadas de la habitación y agarrando el extremo de uno de los tapices lo descorrió a lo largo mostrando una puerta de arco del que una escalera descendía serpenteante, de abajo llegaba el leve resplandor de titilantes antorchas y un aire calido.

- Bien, amigo mío, esta es la entrada a la biblioteca. Yo le espero aquí, estoy algo mayor para andar subiendo y bajando escaleras, espero que encuentre algo de su gusto. –

Y volviendo a suspirar regresó a las ocres páginas de su libro.


La escalera serpenteó durante un rato hasta llegar a un angosto pasillo que se perdía curvándose, este se encontraba flanqueado por estanterías repletas de libros de todos los tamaños, grosores y colores posibles. Tras la curva la biblioteca se bifurcaba perdiéndose en otros pasillos de estanterías. Y de cada pasillo otros salían, o entraban, convirtiendo el lugar en un laberinto.

Allí me sumergí en la lectura de tomos que nunca fueron publicados, tomos quemados o destruidos, asesinados apenas sus puños terminaron de escribirlos o antes incluso de acabarlos. Eran libros proscritos en efecto; libros escritos por mujeres en tiempos en que les estaba vetado escribir, opinar o incluso amar; de poetas que levantaban voces de ira y fuego contra dictadores, reyes y gobernantes; de científicos y filósofos locos que imaginaban utopías y maravillas cuando estas estaban prohibidas; libros de paganos en eras de santas inquisiciones; de presos en cárceles; de putas de prostíbulo; de sacerdotes enamorados; de asesinos y suicidas; de maricones y mendigos; de condenados y juzgados; de mudos y mancos; de muertos y olvidados…


Para cuando salí de la biblioteca ni el viejo ni su libro estaban. Sobre la mesita de madera una nota escrita dirigida a mí rezaba:

“Llévate todos los libros que quieras, son un regalo. Cierra bien cuando salgas.”

Me llevé todos los que pude y tras cerrar volví a mirar el cartel de la puerta:

“El Gran Bazar de los Tapices Bonitos.
Asegúrese de que lleva dinero al entrar, estos tapices son una verdadera belleza.”

1 Comments:

Blogger MEL said...

¡¡policía!! ¡¡policía!! ¡¡¡un librepensador!!! XD

12:55 p. m.  

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