martes, julio 11, 2006

Cuando sobra el aire


Cuando te tiras más de dos meses embarcado, sin salir del barco y pese a estar en puerto, cualquier atisbo de romanticismo cae a lo más profundo del océano. Amigos anónimos. En ocasiones os he podido leer unos minutos para comprobar que seguís escribiendo sobre mundos más grandes que pequeños. Ironías del destino. Muchas veces vuestros espacios discurren por el mar, la navegación, los compartimentos y el horizonte. Por el mismo terreno en el que se consume mi vida. Y debo sonreir porque a medida que pasa el tiempo siento que me encuntro en una cárcel que surca los mares.
De niño soñé con los océanos, los piratas, las islas, los atardeceres infinitos, las miradas perdidas, las velas, el misterio y mil aventuras. Llevo meses sin atracar en ningún puerto en condiciones, de esos que puedan garantizarte una pequeña escapada que te haga olvidar que debes regresar a tu prisión. A ese pequeño mundo (os aseguro que éste sí lo es) que lo conforman 14 marineros de multiples nacionalidades, exóticas pero vacías (los salarios ruinosos y el hambre de necesidad han transformado la marinería) y azul infinito por arriba y por abajo. Transportar cemento o contenedores no conlleva fascinación alguna.
Durante años busqué el lado enriquecedor de mi trabajo pero ya estoy cansado: de buscar y de engañarme.
Mi periplo mediterráneo me permitía conectar de vez en cuando desde algún ciber próximo a puerto. En la niebla ruidosa de los canales de radio internacionales, donde no cambían los mensajes, ni los políticos, ni la misma basura una y otra vez (curiosamente este guión se repite en todas las partes del mundo) fue un descubrimiento topar con vosotros. Cambiar de barco y de océano me volvió a privar de mi oxígeno vital.
En el puerto de Libia pude leer algún comentario en mi blog con una palabra contundente, "desafinas". Y es verdad. Creé la espada un día que necesitaba gritar. Parece una tontería pero la llegada a los barcos de personal fundamentalmente de países africanos hace aún más terrible este aislamiento. Son trabajadores, honrados, de mirada transparente y buenos amigos, pero en su vida apenas existe un poblado rural, muchos hijos, y un deseo irrefenable de huir aunque les cueste la vida para que la comida llegue a sus casas. Esto, fútbol y poco más. No puedes hablar del bien o del mal, de los libros que acumulo en mi reducto y, lo que peor llevo, ni siquiera puedes bromear. La espada nació un día que estaba harto de ver cómo las mujeres son tratadas, maltratadas, en más países del mundo de lo que imaginamos. Una noche fui testigo de un apaleamiento brutal y despiadado hacia una mujer que jamás hizo nada. A la que tiraron al mar desde el muelle. Murió y su cadaver flotó junto a nuestro barco durante días sin que nadie nos hiciera ni puñetero caso. Todo se debió a un malentendido. Pero daba igual. Ella se atrevió a defenderse ante el policía que la increpó en vez de mirar al suelo y soportar unos porrazos. Una semana despúes recordaba a aquella mujer que apenas tendría 25 años mientras cruzaba Gibraltar y se aproximaban algunos veleros con mujeres sonrientes, bronceadas y superficiales. A un lado Africa, millones de mujeres sometidas. Al otro Europa. Llegué a puerto y escribí, como si fuera una mujer. Desafiné, pero no lo pude evitar. Creí que jamás volvería a escribir.
Esta es mi vida. Dura, solitaria y carente de romanticismo. Seguro que si os tuviera en mi barco todo sería más llevadero, pero este porvenir no se lo deseo a nadie. Seguid en vuestros grandes mundos, que yo os observaré desde cualquier rincón del mundo.
Creo que mi próximo destino volveré a pisar el Mediterráneo, cuna de culturas, civilizaciones, bla bla bla...la cuna que de seguir así nos enterrará a todos, pero al menos os podré leer con cierta frecuencia.
Un saludo al viento. Feliz verano.

2 Comments:

Blogger Angel said...

Bienvenido de nuevo La Espada de Damocles. Nuestro barco es tu barco.

Un saludo

11:12 a. m.  
Blogger yomi said...

No pretendas llevarnos a tu barco, vente tu a este y viaja con nosotros

8:16 p. m.  

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