lunes, diciembre 26, 2005

II

Tras semanas a la deriva por el océano intergaláctico llegamos al fin a los turbulentos mares del sistema solar de Ira, una enorme nova mil veces mayor que el Sol. Cuenta con tres violentos planetas gigantes.
El primero es Cabronazo, un mundo enorme y vasto lleno de volcanes en continua erupción que vomitan mares de magma y cenizas a millares de metros de altura, huracanes de gases mortales barren el planeta con vientos que se retuercen y giran aullando, terribles terremotos agrietan y abren su árida piel devastada, lluvias ácidas y tormentas explosivas. Nada habita en él, nada puede habitar en él; su terrible carácter lo hace imposible. Continuamente anda provocando a los asteroides y cometas que pasan cerca, insultándoles y lanzándoles chorros de magma o gases, hasta que estos, furiosos, se precipitan a su superficie estrellándose violentamente.
Le sigue Capullo, aunque menor en tamaño y en violencia es también un mundo hostil. Tan solo un loco sería capaz de vivir en él, y tan solo un loco vive en él. Se trata de Sigfrido Nietzchel III, un viejo científico de espesas y caóticas barbas que habita una fortaleza redonda de acero entre los huracanes de Capullo, una larga y gruesa cadena ancla la base a la superficie del planeta. Sigfrido escribe enormes tratados científicos de los que saca filosóficas conclusiones sobre la mediocridad y fragilidad del hombre y la necesidad de este de superarlas y elevarse sobre los demás. Muchas veces se introduce dentro de su pesado traje de astronauta y abandona la seguridad de la base para estudiar la violencia de Capullo de cerca e intentar domarla. Nadie lo visita desde hace años, nadie aguanta a Sigfrido en sus terribles cambios temperamentales y actitud agresiva, violenta como el mundo en que habita. Dicen de él que al llevar tantos años en Capullo, y ser el único ser vivo, es un autentico capullo de pies a cabeza.
Finalmente nos encontramos con Frígida, el planeta más alejado de Ira. Una enorme gema de hielo y silencio; sin montañas, cañones o accidentes geográficos, tan solo un vasto desierto helado recorrido por gélidos vientos callados. Frígida no es violenta como sus hermanos, no grita, no se queja o convulsiona, no golpea o insulta, no explota o se abre desgarrándose; siempre permanece igual, en silencio, imperturbable. Sin embargo la muerte es segura para cualquiera que fuese lo suficientemente estúpido para osar visitarla, una muerte lenta en la que primero te desesperaría de soledad y después te iría helando poco a poco de dentro a fuera: primero el alma, después el corazón y finalmente el resto. Sobre Frígida se hallaron antiguos restos de una hermosa ciudad que demuestra que hubo un tiempo que estuvo habitada. Ahora sus antiguas calles, templos y palacios yacen vacíos y helados envueltos en el mismo silencio eterno de Frígida. Cuenta la leyenda que hace millones de años Frígida fue un mundo cálido y hermoso, una inmensa llanura de esplendor y verdor, de flores y bosques, de una ciudad de seres hermosos. Cuentan que estaba enamorada. Cuentan que los moradores de Frígida descubrieron otro mundo del que se enamoraron y partieron dejándola sola. Cuentan que Frígida lloró durante años inundándose entera y cuando no le quedaron lágrimas se le heló el corazón y con él todas las lágrimas que había llorado.