miércoles, enero 25, 2006

¿Quién me mandaría a mi hacerle caso a mis instintos?

¡Esa mujer no paraba! Me encanta el sexo, Joer pero todo tiene un límite.

Tras tres horas inagotables logré escapar de aquella ninfómana insaciable, no sin algún que otro arañazo de recuerdo. En la calle todos seguían como locos en su orgía de a ver quien era el más cafre en sus últimos momentos de vida.

Extraño mundo aquel planeta, dejando aparte los animales que lo habitan es curioso observar como se suceden los días y las noches en su loca caída al universo. Todas las estrellas que se encuentran en su camino le prestan su luz haciendo posibles días distintos, todos los cometas juegan a esquivarlo en el último instante, todos los agujeros negros lo reclaman. Sin embargo él continua flotando en su alocado tour cósmico sin que su último momento llegue, sin que nada catastrófico le suceda. Algunas furtivas lunas amantes salen a su encuentro a las que abandona sin remordimientos, ya que Eldiadeljuciofinal ni es fiel, ni promete, ni se casa con nadie.

- ¡ Eh tú! - Gritó una voz a mis espaldas.

Al volverme vi a un extraño personaje ataviado con un hábito negro manchado de sangre, una máscara de payaso y un cuchillo de carnicero.

- Te voy a rajar como a un cerdo - Me prometió alzando el cuchillo amenazante.

- Ah no, lo siento pero soy extranjero - Respondí.

Mi asesino se quedo mirándome confuso y algo desilusionado.

- Ah, y... esto... ¿Una cuchilladita? - Rogó paseando el dedo tímidamente por el filo del cuchillo.

- ¡ No hay ná! - Y me largué de allí dejándolo solo. No sin antes asegurarme que no le daría por cumplir sus deseos de última hora conmigo.

He de decir en favor de aquel mundo que no todos están sedientos de dar rienda suelta a sus deseos oscuros, muchos simplemente se dedican a ser vividores del último instante sin dar mucho la brasa a los demás. Suelen frecuentar los tugurios, tabernas y burdeles de las ciudades donde se reunen a hacer megafiestas continuas y disfrutar de los placeres de la vida. En ellos el alcohol corre como rápidos de un río desbordado sin control alguno y la niebla formada por el humo del tabaco y los porros hace que tengas que usar bastón para acercarte a la barra, allí los picos nevados en las mesas son absorbidos por narices como piquetas y el sexo no se hace, se forma. Y es allí, a uno de esos lugares donde fui a parar, seducido por el trepidante sonido de una guitarra eléctrica que lloraba mi nombre tras las lamidas barras infectadas de borrachos rogantes.